Casi fluo

 

Los colores de este atardecer fueron tan brillantes que fueron casi fluo.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

 

Advertisements

Testimonio del huracán

A otro con eso de que en el sur no hay tornados ni huracanes;  si lo de los últimos días en Montevideo no fue un huracán, no sé lo que fue.
El martes salí a conectarme con la netbook, y de paso hacía un mandado.  A la cuadra de caminar empecé a sentir  plat… plat… plat…   Me di vuelta y no vi nada, así que seguí caminando.  Unos pasos más y volví a sentir  plat… plat… plat…   Me doy vuelta, observo a mi alrededor y veo manchitas en el suelo.  Gordas gotas caían tan lento y espaciado que sentía el ruido de su caída pero ninguna me había tocado.  Sonreí y seguí caminando.  No sería la primera vez que me conectaría bajo la lluvia al amparo de un porche, frente a la escuela.
Al rato de estar conectada, la lluvia empezó a golpearme directamente.  Sorprendida levanté la vista.  Abajo de ese porche con escalera nunca me había mojado.  El viento era arrachado y el agua caía en diagonal.  Era tanta el agua que caía que mi mochila se había empapado y salir a la calle para volver a casa no era opción.  Saqué del bolsillo un pañuelo tissue y empecé a secar la computadora a medida que se mojaba.  Después de 3 pañuelos me di cuenta que no tenía caso.  La sequé por última vez, la apagué y la metí bajo mi campera para protegerla.  Pasé horas apretada contra la pared, dándole la espalda a la tormenta, abrazada a la netbook como si fuera un bebé recién nacido.
Cuando aflojó un poco manoteé la mochila y me fui corriendo con la computadora todavía metida entre mi campera y mi buzo.  Nada más pasar un par de cuadras volvió el viento más enloquecido que antes.  Hacía un frío invernal y el agua venía de cualquier parte.  ¡Gracias Flaco por la campera de puro cuero uruguayo!  De otro modo, la netbook se hubiera arruinado y yo me hubiera pescado una pulmonía.
Rápidamente me di cuenta que asegurada la computadora lo más peligroso no eran los elementos si no las cosas volantes, arrancadas de vaya uno a saber dónde y arrastradas por el viento.  Una chapa pasó delante mío arrastrándose cual oruga y un árbol amenazó con romperse.  Los pinos y los eucaliptos son especialmente peligrosos en estos casos, ya que por cómo es su madera tienen tendencia a astillarse y partirse en pedazos.
Logré llegar ilesa y con la netbook a salvo a mi casa.  Mi ropa estaba empapada y los championes van a estar inutilizados hasta el viernes más o menos pero ambas estábamos  “up and running”.
Cuando volví a salir fue después de pasada la tempestad.  El piso estaba alfombrado de hojas nuevas, ramitas y retoños.  Las ramas y pedazos de árbol impedían el paso, las lagunas ocupaban la mayor parte de las calles y las veredas.  La combinación de semillas, aceite, pelusas, agua y alquitrán habían convertido a las calles en pistas de patinaje.  Si los choferes y los conductores tuvieran un mínimo conocimiento de física no saldrían ni a la esquina.  Pero es claro que el uruguayo conductor de vehículo rodado no sólo no sabe nada de física si no que cree que esas son leyes que sólo aplican a los científicos que las estudian y no a los comunes mortales.  El tiempo que cualquiera precisa para frenar en esas circunstancias es mucho más del espacio disponible en una calle metropolitana cualquiera.
Encontré tanto destrozo que a pesar de que la luz no era ni de cerca la mejor, le saqué fotos a lo más notorio.  Todavía había mucho viento así que alguna está un poco movida.  Pido disculpas desde ya por eso.  Esta vez no pretendo que sean hermosas, sólo pretendo plasmar, aunque parcialmente, lo que vi del huracán.

Como toalla en el toallero

 

Érase una vez una estación en construcción…